No
podía esperar el momento que
inesperadamente planeamos, sobre
la corta espera, en la parada del bus a la salida de tu clase de
francés.
Sonriendo,
me dijiste la hora y el lugar, mientras movías las manos deteniendo al micro.
Al despedirme quise besarte, pero no tuve reacción para hacerlo por temor.
–Mañana-
dijiste sonriendo.
Aquella
tarde volví a casa pensando en ti. Me causaba risa la manera extraña en que nos
conocimos. Recordé a Ivonne; tú prima; cuando nos presentó en su cumpleaños. Lo
linda que estabas con ese vestido blanco; al cuerpo; cuando hablamos por primera vez. Que días después, no podía dejar de pensar ya en ti, y que por fin podría salir contigo.
Esa noche mi espera se hizo larga, y la
madrugada interminable. Mis pensamientos no tenían sentido. Hacía planes e
imaginaba qué haría cuando nos
encontrásemos.
Di
tantas vueltas en la cama, que me sorprendió la mañana, con las sabanas en el
suelo. Ese día las clases del instituto transcurrieron lentas. No hacia otra
cosa que pensarte. Mis amigos me deban con consejos que me impacientaban aún más.
Ese reloj encima de la pizarra era un calvario, nunca avanzaba.
Al
llegar la salida me sentí vivo. Juro que el corazón me latía más fuerte al
acercarme al lugar señalado. Imaginaba como irías vestida. Si tendrías algún
inconveniente de último momento; cosa usual en primeras citas; o que estarías
ya esperándome.
Al
llegar al lugar lo encontré vacio. Me
acerqué dubitativo pensando que estarías comprando algo por ahí o escondida
esperando ver mi reacción.
Tomé
asiento y pedí un jugo. Caí en la cuenta que estaba muy ansioso y en un juego que me superaba. El murmullo me
asfixiaba tanto, que quería salir de ese lugar pequeño. Me propuse esperar
mirando un desfile de gente frente al
local. Sonrisas, gestos y manos de personas en la acera. Algún que otro perrito
haciéndose paso entre las piernas de los
transeúntes.
Miré
la hora y ya había pasado bastante. Cuando empezaba a desinflar mi ilusión, escuche la campanita de la puerta sonar, y te
vi entrar mirando alrededor. Levante la mano y viniste a mi encuentro.
--Creí
que ya no vendrías-- acoté.
-Cosas
de mujeres- respondiste tomando la carta.
Pedimos
un café y otro jugo. Empezamos a contarnos historias. Que tus padres anticuados
pero abiertos. Tú hermana fastidiosa. El curso de francés un poco complicado
pero llevadero. Que el nombre de Ximena, lo habías heredado de tu abuela entre
otras cosas.
–Yo,
diez y seis años. Estúdiate de artes. Amante de los perros y otras cosas decía,
cuando me tomaste las manos y me dijiste:
--
Vamos a caminar--. Clavándome la mirada.
El
viento cálido nos relajó, y sonreímos al cruzar la calle. Yo no sabía que
pensar ni decir; solamente dejarme llevar por el momento, y resultó. Tres
cuadras después, rompimos la incertidumbre abrazándonos. Me atreví a
preguntarte para ir a un lugar más apartado; cosa que respondiste que sí.
Dimos
vuelta una casona, y pasamos frente a un hotel céntrico de tres estrellas. Nos
reímos. Pegamos una vuelta a la manzana, y luego entramos.
Al
fondo del pasillo, la recepcionista sonriendo nos recibió. Creo que notó mi
primera vez, y agilizó los trámites entregándome la llave de la cero-nueve.
Entramos como si todo fuese normal. Miramos alrededor, y presencia de la cama
hizo que caigamos en un silencio. Lo supliste encendiendo el televisor. Buena
iniciativa.
Me senté en la cama corriendo las sábanas, y
viniste a mí. Nos besamos despacio echándonos atrás. Te quite la blusa con cuidado
para no arrugarla, y tú los jeans que te quedaban muy ajustados.
–Desde aquella noche imaginé esto- me dijiste
al oído.
Te
bese profundamente; dejándome llevar por el aroma de tu pelo lacio; cuando
oímos a alguien llamar la puerta. Nos quedamos en silencio con los ojos bien
abiertos y el corazón a mil. Volvieron a llamar y escuchamos la voz de mi madre
decir:
–
¡Despiértate!-. Una chica llamada Ximena está en el teléfono!-.
1 comentario:
Muy bueno, atrapa y sorprende el final.Felicitaciones.
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